Lo “último” en bañadores para musulmanas, el “burkini”, llega a Egipto

El último grito en las playas y las piscinas egipcias es el “burkini”, un traje de baño musulmán que sólo deja al descubierto parte de la cara, las manos y los pies, y que rechazan los guardianes de la ortodoxia islámica.

En una pequeña tienda situada en un centro comercial de El Cairo, dos mujeres veladas ordenan la mercancía, compuesta por decenas de trajes de baño “islámicos”, el término con el que “las clientas conocen lo que en Europa se llama burkini”, aclara a Efe la dueña del comercio, Nevine, que no quiere desvelar su apellido.

La mayoría de su público está formado por mujeres con hiyab (pañuelo musulmán), que se detienen en el escaparate de la tienda, entran y salen, ojean el género o se acercan a los probadores.

“Aunque tenemos bañadores normales, vendemos muchos más islámicos”, asegura Nevine, una cristiana copta que posee además una fábrica en la que se confecciona este tipo de prendas, cuya denominación resulta de la unión de burka y bikini.

El “burkini” está destinado a “las veladas, que tienen prohibido mostrar su cuerpo en público, pero que no desean renunciar a bañarse en la piscina o en la playa”, según Nevine.

La versión musulmana del bañador femenino está formada por una malla de cuerpo entero, similar a las de neopreno que usan los buceadores, sobre la que se coloca una túnica sin mangas y de hechura suelta, además de una capucha que cubre la cabeza y el cuello.

El bañador islámico está elaborado con lycra, “un material resistente al agua al que se le añade un poco de algodón para que se seque rápidamente”, explica la empresaria.

Amina, una elegante egipcia de 40 años que lleva el hiyab a la española, recogido como un moño detrás de la cabeza, acaba de comprarse un “burkini”, una prenda que descubrió hace cinco años, cuando “la calidad y la oferta era mucho menor que la actual”.

“No siempre he llevado bañador islámico y no me gusta demasiado -opina la compradora-. Por supuesto que un bañador convencional, de una pieza, es mejor para el bronceado de la piel y más cómodo para usarlo en el agua”.

En el establecimiento, se ofrecen todas las tallas, desde la pequeña hasta la extra grande, y abundan las túnicas de rayas, con flores, lunares e incluso el estampado de leopardo.

“El marrón es el color que más gusta este verano para el traje principal, pero el resto depende de cada mujer”, añade Nevine, quien explica que “hay burkinis para todos los bolsillos”, pues sus precios oscilan entre las 200 libras egipcias (35 dólares) y las 450 (79 dólares).

Aun así, sostiene que los trajes importados de China, que “tienen menos calidad”, se pueden adquirir en las calles de El Cairo a partir de las 75 libras.

Pero, “¿qué hacían las mujeres veladas antes de que se inventara esto?. No podían ir a nadar o bien tenían que hacerlo solo con mujeres o familiares”, agrega Nevine.

El “burkini” no solo triunfa en Egipto, sino también en todo el mundo árabe y en Europa y EEUU, impulsado por los emigrantes musulmanes y “por aquellas personas recatadas de todos los credos”, explica Ashma, director de una compañía que vende a través de internet bañadores confeccionados en Turquía.

“Las ventas están aumentando pero es un mercado todavía pequeño con mucha competencia”, subraya Ashma, que insiste en que, además de por motivos religiosos, las mujeres lo utilizan para protegerse del sol u ocultar el sobrepeso.

Su uso, cada vez más extendido, no agrada a los académicos islámicos porque, en su opinión, trasgrede las enseñanzas religiosas.

“Esta prenda no puede considerarse islámica porque la mujer muestra su figura cuando se sumerge con ella en el agua”, argumenta la profesora Soad Saleh, de la Universidad de Al Azhar, la institución musulmana suní más prestigiosa del mundo islámico.

Y explica que “al salir del agua puede haber hombres que se fijen en su cuerpo y les despierte un deseo sexual”.

Como alternativa, Saleh propone que las mujeres “elijan playas o piscinas destinadas exclusivamente a mujeres o vayan muy temprano”.

Ashma coincide en que los lugares de baño solo para ellas son “una buena opción porque pueden actuar libremente y sentirse seguras pero tienen un inconveniente: las mujeres son parte de una familia que se rompe en estos sitios”.

Lo ideal, añade, es que “los hombres no miraran a las mujeres, que tienen derecho a disfrutar de lo que Dios nos ofrece a todos”.

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